6 trucos para vender más en tu restaurante

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Crónicas de una camarera Ya sabes que uno de los tres temas de este blog es la restauración. Y en la sección Crónicas de una camarera cuento anécdotas, vivencias y aprendizajes que he tenido trabajando en el sector. Algunas son  graciosas, y otras, como la de hoy, son … Sigue leyendo

Preguntas que surgen con un cliente difícil

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Crónicas de una camarera Este post no estaba previsto en mi planificación, pero me apetece hablarte de ello para conocer tu punto de vista. Hace unos días estaba trabajando en el restaurante como siempre, era una noche normal y agradable en … Sigue leyendo

Sobre solucionar problemas en tu negocio (y en todo lo demás)

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Crónicas de una camarera El otro día pasamos un apuro grandísimo en el restaurante en el que trabajo (el de mi chico el chef). El local está ubicado muy cerca del Palacio de los Deportes, aquí en Madrid, y había un concierto … Sigue leyendo

Los fogosos, los borrachos y los Capel

Historias de una camarera

Si es que cuando trabajas de cara al público puedes acumular un número infinito de historias. Te pasas el rato conociendo lo mejor y lo peor de nosotros, los seres humanos, mis clientes en el caso que me atañe, y no deja de sorprenderte la capacidad que tienen para sorprenderte con sus conductas, valga la redundancia. Aunque hay cosas que no son ni buenas ni malas, más bien (y sinceramente) van de lo patético a lo rocambolesco.

Los fogosos

Ellos fueron el origen de este post. Trabajo por las noches de camarera en un restaurante muy pequeño (el de mi novio, el chef), en el que la barra alcanza apenas los 20 metros cuadrados aproximadamente, y en la que por tanto si estoy un día yo sola con un par de clientes, todo se escucha…

Efectivamente esa noche solo tenía un par de comensales en una mesa del salón, la música a un volumen más bien bajo para que estuviesen a gusto y la barra vacía. Llegó una pareja y me pidió una infusión ella y una caña él, y se situaron en una de las dos mesas altas con sillas que están justo enfrente de la barra, a dos metros de distancia de mí.

La bebida ni siquiera la terminaron.

Él se sentó en una de las sillas, de espaldas a la pared y con las piernas abiertas, ella se metió entre medias y allí comenzaron el magreo. Y no te creas que se cortaban, no. Manos y brazos enredados por todos lados y las lenguas con su festín, lo se porque yo escuchaba hasta los chasquidos, por decirlo de alguna manera, y perdón por el grafismo pero es que si no, no expreso  con suficiente elocuencia la incomodidad que yo tenía con el dichoso momento teloquierocomertó.

Ellos seguían allí como si nada, como si en vez de estar en la barra de un restaurante estuviesen en su casa. O en la de ella, o en la de él, o la que les prestarían para sus cosas. Porque no creas que eran unos veinteañeros con las hormonas a millón (que así se entiende la cuestión), no, él rondaba los cincuenta y, y ella los cuarenta y, así que esto sonaba más a polvo extramarital o a recién divorciados que se acaban de conocer y quieren tener una aventura de aquí te pillo aquí te mato.

Y ya se que parezco una abuela cotilla, pero la culpa es de ellos por haber alterado mi tranquilidad y no dejarme hacer más nada con la incomodidad que tenía. En una situación como esta en mi tierra -que somos muy pintorescos nosotros- no faltaría alguien que desde el coche o desde la calle le gritaría para salir corriendo:

¡Ponele una casa!

o

¡Buscate un hotel mijo!

Total, que media hora después se fueron. Bebidas a la mitad. Y espero que efectivamente se hayan ido a casa o al hotel a desfogarse. ¿Por qué tengo que pasar por estos momentos? Para escribirlos después y ponerlos a parir, claro.

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(GIF: skyblue-heart.blogspot.com.es/)

Los borrachos

Estos clientes han representado para mí, a lo largo de todos estos años que llevo trabajando en hostelería en diferentes sitios, sentimientos ambivalentes y una cuestión bastante incómoda incluso a la hora de escribir sobre ellos. Porque me produce pena que las personas lleguemos a estados tan patéticos en un lugar público (y en algunos casos con mucha frecuencia), y no hablo de veinteañeros, que a esa edad yo perdí la cuenta de mis borracheras. Me refiero a gente madura, que al tiempo que me dan lástima por su dejarse ir respecto al alcohol, siempre termino queriéndolos matar. Y de normal no tengo instintos asesinos, pero ¿a quién no le sale la vena Chuki cuando por fin se larga el borracho que llegó sobrio al local, se pimpló una botella entera y te destrozó el adorno que tienes puesto en una mesa porque él quiso cumplir lo de “Dios escribe derecho en renglones torcidos” e iba en zigzag hasta tirar la mesa?

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(Imagen: Tringa.net)

Por no tocar el tema baños que no quiero, a ti que me lees, darte asquito. Solo un apunte: deberían crear un producto para colocar en ciertos momentos en los baños masculinos. Este consistiría en una especie de barandas puestas y apretadas justo a ambos lados del váter (inodoro, poceta) alargadas hasta casi la entrada del baño para que el especimen fuese en dirección recta, al llegar al lugar donde sus piernas tropezarían (con el váter) habría como un plato hondo de sopa con un hueco en el centro. Creo que así puede aumentar el porcentaje de que el líquido caiga donde tiene que caer y no donde yo lo tenga que limpiar después, agggghhh.

Voy a patentar la idea que está muy buena.

Y es que están los borrachos que con el zigzag van tropezándose con las sillas de las mesas del salón… ocupadas por personas comiendo (y yo detrás cuidando de que no pase esto); los borrachos que se ponen en la barra a discutir de política y a gritar porque tú eres de izquierdas y yo soy de derechas (y yo pidiéndoles que bajen la voz por favor); los borrachos abducidos por Sinatra y su Rat Pack que se ponen a cantar en grupo a todo pulmón en la mesa (y yo diciéndoles que bajen la voz por favor); los borrachos que van un momento al baño y se quedan allí, (y hay que pedirle a alguien que se asome para no encontrarse una con una chorra colgando por fuera, por favor); los borrachos que te aman porque eres su “camarera favorita” y quieren que bailes con ellos cuando tienes el local a reventar (y tu le contestas lo que sea con una sonrisa para quedar bien o los ignoras directamente, sin por favor); los borrachos a los que, llegado un punto, les tienes que decir amablemente “vete a casa porque no te pongo más alcohol”. Etc, etc, etc y miles de etcéteras.

Permíteme en este instante el vocabulario soez: Qué coñazo de gente.

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Los Capel

Estos son los más divertidos de mi catálogo exótico de hoy. Si no lo sabes, José Carlos Capel es uno de los críticos gastronómicos con más prestigio de España, en el mundo de la restauración es muy importante lo que él dice, por eso el nombre de estos clientes. Aunque aquí tengo que decir que quizás me equivoqué y deberían llamarse los Top Chef, los Chicote o los Jordi Cruz, porque creo que en esto ha influido muchísimo el boom de los programas gastronómicos de la tele. Si no, cómo se explica que hace un tiempo, en una mesa que tuvimos con un grupo grande de chicos de 20-30 años, uno de ellos le dijera al final a mi novio (el chef):

“Todo muy rico, una explosión de sabores en la boca”.

¡¿Cómo???!!!!

Aquí también entran los que van por primera vez al restaurante (o sea, no los conozco de nada) y al terminar el plato me dicen, con cara de infinita sapiencia, que ha estado muy bueno pero que él lo prepararía, en vez de con esa salsa, con…. Y aquí te dan gustosos su receta completamente distinta pero que según ellos quedaría mucho mejor. Chico, háztela en tu casa y si te queda rica me traes un táper que a mí ni siquiera me gusta cocinar.

Y por supuesto, están los que, a semejanza del primer ejemplo, vienen y luego redactan toda una disertación en Tripadvisor, Yelp o ElTenedor (y aquí podría extenderme infinitamente contando las cosas que he leído opinando acerca de los diferentes restaurantes en los que he trabajado) sobre lo que se han comido con frases rebuscadas en plan “a los postres les falta carácter”, “en boca le faltaba fuerza”, “toda una armonía de sabores resultante”… Tío ¿no ves que eso es público y te leen? ¿y se ríen (me río) de ti?

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(GIF: alwaysgif.tumblr.com/)

Las veces que he leído a Capel no lo he encontrado tan afectado…

De todas maneras, El Comidista (que me encanta) ya se encargó de realizar un extenso análisis de este tipo de clientes aquí.

Y si, lo reconozco, mi álter ego la camarera de esta sección del blog me sirve para sacar toda mi mala leche. Y que a gusto me quedo.

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Los clientes

Historias de una camarera

Os cuento algo: Por diferentes razones, llevo a mis espaldas aproximadamente 10 años trabajando en hostelería, y a mí de verdad me gusta que los clientes que atiendo se sientan bien. No se si esto proviene de mis viejas inseguridades por complacer a todo el mundo o es simple voyeurismo hostelero, pero realmente me gusta que la gente esté contenta, y cuando se quejan por algo o no los veo contentos con la comida me mortifico sinceramente… Pero hay veces, hay veces que me toca tratar con clientes que sinceramente provoca mandarlos a (completad con lo que queráis la frase).

Y no me refiero a los que enjuician con calificaciones subjetivas como “esta carne está mala”, en tono absoluto y sin miramientos mientras te devuelven el plato. El mismo plato que otras tres mesas se han pedido y que tienen la misma pieza de carne sobre la que me han dicho que está muy buena. En situaciones como esas, en mi cabeza les digo “tu paladar está fumao” pero en la vida real les contesto con un no se preocupen, es mejor que no se lo coman si están pensando eso porque les caerá mal, y les ofrezco la carta de nuevo para que escojan otra cosa. Así ellos quedan más contentos y yo más tranquila.

Me refiero a esos clientes a los que les preguntas ¿han cenado bien? y me contestan todo muy bueno, y luego ponen a parir al restaurante en cuestión en Tripadvisor o en alguno de estos portales de opiniones…Ya se que da corte a veces decir cosas desagradables (aunque hay gente que ya lo hace por costumbre), pero si te lo estoy preguntando de forma directa ¿por qué no me das tu opinión sincera?

Me refiero a esos clientes que al marcharse me queda la sensación de que todo ha ido excelente con ellos por sus caras de agrado y los buenos comentarios que te han dado, y cuando voy a recoger la mesa la bandeja esta vacía… Esperad, antes de que me linchéis,  ya se que la propina no es obligatoria, pero ¿qué te cuesta dejar aunque sea 50 céntimos si has cenado bien y te has sentido a gusto? porque lo otro a mí me suena a “lo que te dije es mentira, no me gustó nada y por eso no les dejo propina”.

Hablo de aquellos que es la 1.30 de la mañana y solo está esa mesa de dos chicas contándose sus vidas (no es sexismo, las mujeres tendemos a hablar mucho más), que desde las 12 de la noche terminaron la infusión/café y no han pedido nada más, y ya les hemos apagado la música, no se ve nadie por la calle, sueña el chunchun de la impresora de la caja porque ya la estamos cerrando, el personal estamos todos sentados bebiéndonos un vaso de agua con cara de circunstancia… Y no se dan por aludidas. Todo esto un lunes o un martes por la noche, no creáis que hablo de un viernes. ¿Por qué tienen que esperar a que ya uno harto les diga, amablemente, oigan señoritas que cerramos, y encima tarden media hora más?

Hablo de esos clientes que van en grupo reservando a través de uno de estos portales que ofrecen descuentos como Eltenedor o Réstalo y al llegar la cuenta (con el descuento aplicado de 40 o 50% en los platos) te dicen que si les vas a invitar a una copa porque ellos han consumido bastante… ¿También quieren que el restaurante les pague por venir a cenar?

Aunque bueno, aquí ya entro en un tema sensible y que me conozco al dedillo porque  ya he trabajado en varios restaurantes que usan estos portales para atraer a más clientela. Veamos, primero aclaro que yo también los uso para ir a comer y que me salga la cuenta un poco más barata. Yo, a esta forma de emplear estos portales la califico como “normal”, porque oye, ya que tienes esa opción, por qué no usarla para ahorrarte unos euros… Pero es que  está otro tipo de usuario, ese que quiere que le salga el ticket medio lo más cerca posible a 10 euros por persona poniéndose hasta arriba de comida y bebida. Son esos que te piden una jarra de agua y no se te ocurra ofrecerle bebida de pago, y te preguntan si el café también tiene descuento; son los que sacan la calculadora para saber si le aplicaste el porcentaje exacto y se ponen entre todos a mirar el aparatito y a echar números; son los que una vez llegados al restaurante no quieren pedir platos de carta porque vieron que el local tiene menú a 9, 10 u 11 euros, y por supuesto quieren que se les aplique el descuento en el precio del menú; son los que montan un pollo porque al ver la carta observaron que el restaurante en cuestión aplica un descuento en el portal para atraer clientela por esa vía, pero también ofrece un menú a los clientes que vienen espontáneamente, y que sale más o menos al mismo precio que con el descuento de la página web, y piden hoja de reclamación porque eso es “una trampa y un timo”  (esto es real, ocurrió, como todos los demás).

¡Ah! Y siempre está el que entra, ni saluda, se dirige directamente al baño, sale con las mismas, y resulta que te ha dejado un paquetito  para que lo limpies tú…

Y ni da las gracias.

Reflexionando sobre el tema, yo creo que todo esto viene por esa manía que tenemos las personas de no ponernos en el lugar de los demás. Lo digo por mi propia experiencia, desde que trabajo en esto me he vuelto mucho más considerada con los empleados cuando voy a sitios como clienta, aparte de que entiendo que el restaurante y su personal vive de lo que el cliente consume. Siempre dejo propina, a menos que me hayan tratado fatal, claro; trato de ser amable y mirar al camarero a la hora de pedir, porque somos humanos y nos gusta que nos traten como tal y no como máquinas de servir; y si veo que ya están cerrando no espero a que me lo digan, me levanto y me voy. Pero todas estas cosas las considero desde que estoy en el área, antes ni siquiera las pensaba. Como tampoco me había planteado por ejemplo, lo fastidioso que debe ser para un celiaco ir a un restaurante con sus amigos y no poder comer casi nada. Hasta que no atendí al primero no lo consideré.

Creo que hace falta un poco de empatía en las relaciones sociales en general, y este principio se puede aplicar a cualquier ámbito de la vida, porque en lo que refiere a hostelería, también está la otra cara de la moneda, esas situaciones por las que provoca “mandar a” a algunos restaurantes a los que vamos. Me ha pasado como clienta, me ha pasado como camarera siendo yo la que mete la pata hasta el fondo, y me ha pasado como empleada de restaurantes. Os puedo jurar que he trabajado en alguno cuyo lema no escrito era algo así como “el cliente es el imbécil al hay que sacarle el dinero”, pero eso os lo cuento otro día…

 Termino con esta foto de la comunidad de Facebook Frases célebres de clientes de hostelería, hay imágenes muy graciosas…

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Jugar al mus

Historias de una camarera

Hoy quiero contaros sobre disfrutar de la vida, tener un buen ocaso, y de la amistad con el paso de los años. Hoy quiero hablaros de unos clientes que tuve durante mucho tiempo. Obviamente no daré nombres ni de las personas implicadas ni del bar en el que trabajaba donde ocurría esto por respeto a su intimidad, pero da igual porque lo que importa es la historia.

Eran cinco señores cuyas edades rondaban los 70 años y por eso ya vivían su jubilación. Se reunían todas las semanas o cada quince días a comer siempre en el mismo sitio, iban llegando de a poco e iniciaban la conversación en la barra con una cañita o una copa de vino. Cuando ya estaban todos, pasaban a la mesa, pero ya con las bebidas se habían comido unos buenos aperitivos puesto que tenían un apetito impresionante.

No se cortaban a la hora de hincarle el diente a lo que sea y en buena cantidad, eso sí, lo que más disfrutaban era la comida tradicional, la de toda la vida, un buen plato de callos, unos riñones al jerez o una ración de rabo de toro. Terminaban con postre y café y luego se levantaban para cambiarse a una mesa limpia (o me ayudaban a recoger la que estaban usando muy solícitos) y comenzar así la partida correspondiente de mus junto a un puro y una copa de whisky. Pero lo especial de este grupo eran las conversaciones.

Con pasados políticos muy intensos, supe que algunos habían trabajado en la izquierda que había colaborado y/o configurado el Partido Comunista. Sus historias de esa época hablan de clandestinidad, luchas políticas y entresijos del poder. Luego, con el transcurrir de la vida -no conozco las circunstancias- varios de ellos ocuparon puestos ejecutivos de alto nivel y todos desarrollaron carrera en el mundo empresarial… Eran tipos que habían tenido unas vidas intensas, pero a mí lo que más me gustaba era el hábito que conservaban en sus reuniones de conversar y discutir sobre cualquier cantidad de temas.

Resultaba hasta llamativo cuando los escuchaba contarse que se habían pasado por correo electrónico una introducción a determinado asunto sobre el que discutirían el día del encuentro. Las temáticas transitaban por la política, el humanismo, la filosofía o las letras. Eran hombres con un alto nivel intelectual, que igual tenían una acalorada discusión -porque eso sí, eran muy intensos en sus debates y cada uno defendía apasionadamente su punto de vista- sobre el capitalismo en el proletariado del siglo XIX, llegaban incluso a un momento de serio conflicto porque uno defendía la política de la izquierda española con la instauración de la democracia  y el otro la de la derecha; o aportaban -por turnos, eso sí- sus conocimientos sobre el nihilismo de Nietzche. Todo esto, en medio de la comida o de “chica”, “mus” y no se qué otras palabras de las que se dicen con este juego de cartas. Uno de los mayores contaba las conversaciones que tenía con su nieta en medio de juegos infantiles, otro, el de más genio y el más bajito, relataba la reunión que había tenido en determinada empresa como asesor corporativo y hablaba después de la sesión de tango que tuvo bailando en días pasados y el más delgado apostillaba que no no podía tomar ese día su whisky porque luego le tocaba ir a la ópera y se dormiría.

Lo “mejor” era ver la cara del resto de la clientela escuchándolos hablar, porque no lo hacían bajo precisamente, todos volteaban a mirarlos en los breves momentos de acaloramiento, que ocurrían con cierta frecuencia; algunos se mofaban y soltaban comentarios del tipo “cuando me siento al lado de ellos mi cabeza sale echando humo con tanto conocimiento”, otros los veían al llegar y simplemente se buscaban la mesa más alejada para no oír los altercados intelectuales, y otros pocos de vez en cuando sostenían conversaciones políticas con alguno de ellos. El caso es que no dejaban indiferente a nadie, y ellos mientras tanto parecían no enterarse de las impresiones que despertaban puesto que estaban concentrados en sus diálogos… Con el tiempo y con el trato me di cuenta que más allá de las discusiones había unos vínculos personales muy sólidos forjados por los años y el roce, era verdad que discutían fuerte a veces, pero también había otros instantes en los que se contaban la vida, los achaques que les iban apareciendo, el porvenir de sus familiares… Lo que más me gustaba de ellos era que pocas veces se detenían a recordar tiempos pasados, porque es real que a cierta edad las personas hablamos más del pasado que del futuro. Su relación se basaba en el presente, en debatir sobre el momento actual o sobre el acontecer histórico, incluso en ocasiones tenía la sensación de que competían por demostrar quién sabía más. Hacían planes futuros, aunque siempre a corto plazo, y me sorprendía su vitalidad hasta en la época en que uno de ellos estuvo siendo tratado de cáncer. En esos días los otros lo  apoyaban y estaban pendientes de él. Y seguían jugando al mus.

Solo fallaban cuando había periodo de vacaciones o cuando no tenían quórum para echar su partida, de resto eran clientes constantes, muy amables, halagadores cuando algo les gustaba y exigentes cuando la comida no les terminaba de convencer. Eso sí, el día que iban había que hacer más comida de lo normal porque parecía que aún estuviesen en la posguerra… Nunca supe si ellos eran conscientes de lo afortunados que eran al vivir una “tercera edad” sin problemas económicos, cerca de los amigos y con salud dentro de lo que cabía, pero a mí me causaban admiración y envidia. Me gustaría tener una vejez así.

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Vivencias de una camarera

Crónicas de una camarera

Hoy inauguro una nueva categoría, se va a llamar tentativamente Vivencias de una camarera, como el título del post, aunque quizás más adelante si se me viene a la cabeza otro nombre que me guste más lo cambie. Venía pensando en esta posibilidad desde hace un tiempo, pero me frenaba el hecho de no saber cómo conseguir un tono que sea sincero, como me gusta a mí, pero sin llegar a resultar ofensivo si relato sobre el cliente que es fastidioso. Pero bueno, ahí también tengo un reto.

Me terminé de decidir hace unos días, bueno, me animé del todo hoy que tenía previsto hacer otra entrada más formal en otra categoría, pero como ando un poco visceral quise escribir esto. Pero hace unos días como decía, fui a la Feria del Libro aquí en Madrid, y por casualidad vi que el nombre de una de las casetas era “Gastronomía y Novela Gastronómica”. Yo, que ni sabía que existía ese género literario, me fui allí rápidamente a chusmear un poco. La chica, muy amable, me mostró varios libros, y hubo uno que captó mi atención enseguida, Confesiones de un camarero, que se anunciaba como best-seller en la portada, y al reverso explicaba que era una historia nacida de las narraciones de un camarero en Estados Unidos que un día se puso a escribir sus vivencias trabajando. Yo leí y me dije ¡si esto es lo que yo quiero hacer!, aunque el libro al final lo dejé para comprarlo después porque no quería sugestionarme con otras narraciones similares a mi idea.

Total, que aquí estoy. Y lo que quiero es contaros lo que vivo en ese mi otro trabajo, no el de redactora, sino el que en realidad me da de comer, pero que no me gusta. No me gusta porque la hostelería desde dentro es un oficio sumamente sacrificado, agotador, tan agotador que tiene que gustarte de verdad para disfrutarlo, porque si quieres que tu restaurante vaya bien tienes que dedicarle tu tiempo de trabajo, tu tiempo libre y el restante si es necesario. Se lo he escuchado a los cocineros famosos, a algunos hosteleros de vocación -no los que montan el bar por invertir en algo- y lo he comprobado de cerca. Porque aunque no me guste el oficio, por circunstancias de la vida llevo ya varios años de experiencia en él, y lo mejor -o peor, según como se vea- es que el trato con la gente se me da bastante bien.

Es que a mí la gente me gusta. Y mirad que me saca de quicio a veces. Pero las personas somos tan complejas que cada una es un mundo, y en cada uno de ellos pueden haber mundos más simples, otros complejos, otros un poco insoportables, y muchos que te sorprenden con sus gestos bonitos. Por eso me gusta la gente, porque cada día te enseñan algo: conocimientos, vivencias, ejemplos de buen hacer, ejemplos de mal hacer… Siempre digo que esto de ser camarera es un máster en psicología. Y es que además, en donde curro tenemos clientes que vienen a diario, clientes con sus días buenos y otros no tanto, igual que nos pasa a todos. Entonces allí comienza el trabajo más complicado. Porque no me gustará la hostelería, pero tengo clarísimo que un camarero no debe solo servir mesas, plantar en la mesa comida y bebida y llevar la cuenta luego. Un camarero es parte de un engranaje que sirve para que el cliente viva una experiencia, la experiencia de comer en X sitio. Y esa experiencia debería ser buena de forma integral, con lo cual, el camarero debería preocuparse no solo por servir a tiempo y bien lo que pide el cliente, sino estar pendiente de que él esté bien, sin ser pelota, pero preocuparse por pillar sus preferencias (cuando son clientes fijos), escuchar sus gustos, complacer algunas peticiones de vez en cuando… Y tratar en general de que esté contento, porque al fin y al cabo, a todos nos gusta sentirnos queridos, y cuando digo queridos hablo en el sentido amplio del término. Preocuparte por que el cliente esté bien es hacer que se sienta atendido : querido.

Y esta es la teoría. La práctica es que tengo días malos en los que me acaba de llegar la regla, me duelen los ovarios y quiero matar a alguien porque se me rompió la uña. O peor, me he peleado con mi chico -el chef- y como trabajamos juntos tenemos que disimular para que no se den cuenta los demás cuando estoy que si me dicen cualquiera cosa, “esto no me gusta”, “cámbiame esto” o algo por el estilo, quiero tirarle el plato encima a quien sea.

Pero hay que comérselo. Con patatas.

El cliente no tiene la culpa de mis dilemas sentimentales ni de mi dolor de ovarios. Así que hay que disimular. No, más bien quitarse la mochila llamada “problemas personales” y dejarla colgada en el almacén, tomarse un Ibuprofeno para el dolor de ovarios y arrear. Los clientes van buscando experiencias, unas sencillas y rápidas como cuando toman menú del día, y otras más pausadas cuando van con más tiempo a cenar y a relajarse en pareja o con amigos comiendo y bebiendo. En ese sentido paso a ser no solo la camarera sino la relaciones públicas del local, la representante de la marca del restaurante.

Entonces hago las cosas lo mejor, mejor que puedo, tan sencillo y tan complicado. Como me gusta la gente, los días que tengo malos logro disimularlos en cuanto comienza el jaleo y me meto en el trabajo porque ya no me da tiempo a pensar. Y realmente a veces tienes compensaciones bonitas, como cuando nos dicen que da gusto estar allí o nos hacen regalos como el cuadro que nos dio una clienta que es pintora y escritora hace unos días porque se va a vivir a otro país como detalle de despedida.

Como dice mi mamá, las cosas se hacen bien o no se hacen.

Esta es la pintura:

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¡Feliz finde!

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