El mejor vino es el que más te gusta. Lo que aprendí con Azpilicueta

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Actualidad / Propuestas gastro Ahora que se acerca la Navidad el vino cobra un papel protagonista. Está presente en las diferentes comidas a las que asistimos, lo compramos para nuestra cena de Nochebuena o Nochevieja e incluso a veces lo … Sigue leyendo

Querido cartel

la mas bonita valencia

Esta fue la foto que le tomé al letrero cuando lo vi por primera vez, pensé, ¡está escrito pensando en mí! Llegué al local por casualidad, me fui a dar un paseo por la playa para respirar y serenarme, ya sabes que esos días mi vida era toda turbulencias, de hecho, fue durante esa caminata cuando tomé la decisión de separarme. Ya llevaba un rato andando y pensando y sentí sed, me puse a mirar en los cafés que habían en el paseo marítimo y este me llamó la atención, entre el color turquesa de la decoración, el nombre La más bonita, y lo acogedor que se veía entré, y cuando pasé  a la terraza vi el cartel. No se qué me pasó, con todo lo que llevaba dentro, leer esas líneas me removieron aún más, solté algunas lágrimas parada allí, de forma absurda, enfrente de un simple letrero de pizarra. Fíjate cuál sería mi expresión que un camarero se  me acercó  para ver si iba todo bien, le dije que sí secándome la cara, y le pregunté quién había escrito aquello por curiosidad.

la mas bonita valencia

Me contó que a los días de abrir (era uno de los dueños) una señora muy mayor estuvo con su nieta tomándose una merienda, tenía una apariencia humilde y sencilla, como la gente de las huertas cercanas. El cartel estaba puesto pero aún buscaban una frase para escribir, y como no se les había ocurrido algo más original que “bienvenidos” lo habían dejado así hasta pensar algo mejor. El caso es que la doña, al ver el letrero, le preguntó si podía escribir algo, él le dijo que encantado porque así tenían una cosa escrita por una clienta, y le dio un trozo de tiza, entonces ella se la entregó a la niña que tenía como 8 años y le dictó la frase. Fue la niña quien le puso el arroba, que por cierto, la abuela no entendió, me contó con una sonrisa.

Desde entonces el cartelito está ahí. Pero ese día yo leía y releía la frase, me senté en la mesa más cercana para seguirlo viendo y pensaba sí, estoy lista para el futuro, estoy lista para cambiar lo que no me hace feliz, estoy lista para hacer planes. Sentí un subidón ¿sabes? Salí de allí plena, decidida.

Me separé, me mudé sola, empecé a salir y a conocer gente. Más o menos un año después comencé a verme con otra persona, pero no duró mucho, aunque fue muy intenso. Cuando rompimos volví a ir al café y me senté de nuevo una hora junto al cartel, leyéndolo y pensando. Un aprendizaje más en mi vida y ahora a mirar de nuevo al futuro. Seguí con mis cosas, trabajo, amigos, alguna salida los fines de semana, comida familiar los domingos, etc. Estaba tranquila, pensando que lo mejor estaba por venir.

Pero seis meses después de aquello me quedé sin trabajo, un ERE aplicado en la empresa y de repente sin la estabilidad que tenía desde hacía ocho años. Me deprimí, no sabía qué hacer, qué te voy a contar si nos vimos varias veces en ese tiempo. Y otra vez un día me fui a la playa para caminar y serenarme y de nuevo en este lugar, leyendo el cartel. Me di cuenta que mirarlo y pensar en la frase me tranquilizaba porque me hacía pensar desde otra perspectiva. Ahora podría llevar a cabo cosas que antes no hacía por falta de tiempo, o por estar atada a la ciudad. Empecé a hacer planes en mi cabeza y me animé un poco pensando en el futuro, estaba lista.

Pasó más tiempo, fue cuando me fui seis meses a estudiar inglés a Inglaterra ¿te acuerdas? volví y encontré aquel curro por un año. En esa época empecé a salir con otro chico, nos iba muy bien, y estábamos planificando mudarnos juntos cuando tuvimos una pelea monumental, él decía que yo quería hacer todo a mi gusto y yo alegaba que él pasaba de las cosas. De nuevo, me vine aquí, pero esta vez la pizarra estaba borrada, negra. Sorprendida porque ya era un ancla psicológica para mí, le pregunté al mismo chico qué había pasado. Me contó con cara de circunstancia que hacía dos semanas había vuelto la abuela autora del texto, le había pedido una bayeta y ella misma había borrado la frase, él sorprendido le preguntó por qué lo hacía, y ella le dijo que ya no era necesario que estuviese allí, y que en su momento vendría otra persona a escribir las letras necesarias. Yo estaba perpleja, y el chico sonriendo me dijo que a él le había quedado la misma cara.

Aquello me descolocó, ¿por qué una frase que me resultaba tan potente había desaparecido por decisión de su autora? Me fui sin consumir nada y estuve en la playa como dos horas reflexionando. La historia del letrero hizo clic en mi cabeza.

la mas bonita valencia

Después me reconcilié, y nos fuimos a vivir juntos como habíamos planeado; se acabó mi contrato, decidí emprender por mi cuenta, mi padre fue operado de emergencia tras un infarto. Y un día sentada tranquilamente en mi casa, me di cuenta.

Cogí mi bolso y me vine aquí. Había pasado un año desde la última vez. Como presentía, encontré la pizarra vacía. Le pedí una tiza al camarero que me reconoció y escribí lo que ves.

la mas bonita valencia

 

PD: La más bonita existe, está en Valencia, y me gustó tanto el cartel y el lugar que me inspiró esta historia. Aquí puedes ver la web

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Castigo de lunes

Relato gastronómico

Cuando la madre llegó con ella en las manos fue situada justo enfrente suyo. Ambas se observaron con sorpresa, la de reconocerse la una en la otra, y por esa misma razón, luego la mirada fue de inusitada extrañeza. Se dedicaron unos cuantos segundos a verse detenidamente, de arriba abajo y de izquierda a derecha.

La recién llegada decidió dar el primer paso:

– Holaa, quién egges tú?

– Eh? respondió la otra, ¿por qué hablllas así? tu?

– Nu entiengdo, hablo noggmal, peggró mi acento es fggrancés.

– ¡Ah! molt bé…

Otro incómodo silencio para detallarse mejor…

– ¿Mog be? preguntó la francesa.

– No es mog be, es molt bé, respondió la otra secamente. Es català. Soy catallana, ¿no me ves? todos me conocen aquí, soy parte del recetario tradicional de mi tierra, dijo orgullosa. Me llamo Crema Catalana.

– ¡Oh la la!! Cggrema catalana! yo no te conozco a ti, peggo somos mu paggrecidas. Mi nombgre es Crème Brûlée.

– ¡Y tanto!… Crème qué?

– ¡Brûlée!

– ¿Brulé?

– Oui. Je suis la afamada créme brûlée, un postggre típico de la France conocidu en todo eg mundo. Me conocías ¿vegrdad?

– Pues no.

– Oh!… Qué extgraño… Pero tú tienes la misma costgra de sucre encima. No seggremos pggrimas?

– No creo, ¿eh? soy auténtica catallana de famillia catallana. Y en este punto el tono de su voz cambió. Empezaba a sentir verdadera desconfianza de esa intrusa recién llegada…. ¡Que encima parecía que la imitaba!

– Eeeeee, pues yo soy auténtica fgrancesa, respondió la crème brûlée altiva y en tono de revancha.

– Pues para ser tan auténtica parece que me imitaras a mí… bonica.

– ¡¿Comme???!! Yo soy la ggran crème brûlée, ¿cómo se te ocuggre decigme eso?

– ¡Diciéndotelo, eh! Vistes con un cuenco de barro, igual que yo, y también eres clara con una costra de sucre, no sucggré como dices, que eso te lo has inventao… ¡Que crème brûlée ni que crème brûlée! ¡Una estafadora lo que eres!

– ¡Mon dieu!!! ¡¿Cómo es posibléee?! Grito indignadísima. ¡¡Je suis el dessert fgrrancés pog excelenciaa!! Me pgrepagran desde 1691, ¡todos los fgranceses me adoggran! Degde Paggrís hasta el pueblo más pequeño. Soy la ggreina en la France y en el mundo y ¡tú me estás copiando!

– ¡¿Pero qué dices tía?!! Si ya en los libros medievales se cuenta cómo me preparaban. ¡La imitadora eres tú! ¡gilipolles!

– Oooooo ¡no voy a toleggrar que me digas eso!

– La que no tolera soy yo que estaba primero aquí. ¡Prou! ¡fuera de aquí!

– ¡Oh merde! ¡Eggres una petaggrda!

– ¡¿Pero qué te has creído?! ¡ Ves a pastar fang!

– ¡Crètin!

– ¡Imbécil!

– Fill de….

 

¡Diego!!

………
¡Diego! ¡Ven aquí ahora mismo!!

El niño se acercó cabizbajo con cara de pena para causar lástima..

¡¿Qué has hecho?! exclamó la madre muy molesta.

Mami, tu me dijiste que podía comer…

Que podías comer un poquito de la crema catalana o la crème brûlée. ¡No comértelas enteras las dos!!!

Pero es que no sabía cuál era la crema y cual la crem esa que dices.

¿Y eso te justifica?

Es que las probé las dos y estaban buenas las dos, pero me supieron igual, dijo bajito… Y como vi que quedaba un poquito de cada una, ya pa’ dejar el poquito allí… mejor me lo comía.

¿Ah sí? Pues castigado sin postre el resto de la semana… Y hoy es lunes!!

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PD: Aunque sus sabores son muy parecidos y mucha gente no las distingue, en realidad las formas de preparar la crema catalana y la crème brûlée son diferentes. La crema catalana se espesa con huevo y almidón de maíz, mientras que la crème brûlée se hace con crema de leche, huevo y se cocina al baño María.

Sobre sus orígenes, el postre catalán aparece ya en documentos medievales, en el Llibre de Sent Soví del siglo XIV y el Llibre del Coch del siglo XVI. Es considerado uno de los postres más antiguos de Europa. En cuanto al dulce francés, ya aparece registrado en el libro de Le nouveau cuisinier royal et bourgeois, en 1691. Algunos dicen que es la versión gala de un postre que ya se hacía en la Cataluña francesa, y otros afirman que proviene de un postre inglés llamado Trinitry Cream que al pasar a Francia se hizo muy popular.

Lo cierto es que, crema catalana o crème brûlée, solo mirar las fotos se hace agua la boca….

crema catalana wikipedia

Crema Catalana (Imagen: Wikipedia)

creme brulee

Crème Brûlée (Imagen: Sabores.com)

Ellos

Relatos gastronómicos

“No espero ni pido que nadie crea el extravagante pero sencillo relato que me dispongo a escribir”… Era el restaurante de moda en la ciudad, y ellos, los dueños, la pareja estilosa que se reunía cada día con la gente más cool, los dos triunfadores que habían montado en plena crisis un restaurante-discoteca de 150 metros cuadrados en el barrio más caro de la zona y habían superado con creces las expectativas de aquellos que opinaban y decían saber asegurando al principio que era una osadía su proyecto. Una osadía, afirmaban, aunque esa misma gente también sabía perfectamente de la potente red de relaciones públicas que se habían ido asegurando gracias a su círculo social y a puestos anteriores, de eso y de los rumores de negocios turbios que funcionaban por detrás y que supuestamente les habían facilitado todo el respaldo económico que necesitaron para poner en marcha el proyecto. Pero ellos no hacían caso de los comentarios, disfrutaban su status y comentaban con arrogancia cuando les preguntaban que no había sido una osadía sino todo un acierto aprovechar sus ventajas para emprender algo propio con el mayor éxito.

Durante seis años el establecimiento fue la referencia en cuanto a gastronomía y vida nocturna de la ciudad. Él conquistaba con su apariencia de chico bien proveniente del norte del país y estilo moderno; ella atraía a todos a su alrededor con su belleza exótica, su acento extranjero, su vestuario a la última y esos gestos sofisticados que resaltaban aún más cuando llevaba a su gato angora blanco en brazos, el animal que parecía parte de su puesta en escena.

Juntos formaban el dúo perfecto, una pareja llena de glamour, con el toque de prepotencia justa para que todos quisieran acercarse a ellos y muy sagaces como empresarios. En el local cuidaron siempre cada detalle, la carta al principio estuvo compuesta por platos mediterráneos con guiños a la cocina asiática tan de moda en esa época; luego le introdujeron pinceladas de cocina peruana cuando esta empezó a superar a la otra como última tendencia. No era alta gastronomía ni cocina de autor, pero los platos tenían éxito por jugar con sabores atractivos y una vajilla espectacular. La decoración por su parte también era certera, tonos cálidos con mobiliario vintage cuando los competidores aún seguían con el estilo minimalista, y abundantes tejidos en paredes y sillas que le daban la calidez necesaria a un espacio tan grande. Todo había sido milimétricamente planificado para que no faltara ningún detalle, el personal y su vestuario, la música de fondo durante las cenas y la de forma en la discoteca, la mudanza en minutos a las doce de la noche del salón que desaparecía para darle cabida a la pista de baile. Ellos eran un ejemplo a seguir de éxito y buen hacer.

Por eso fue que nadie entendió cuando hace poco, y en pleno apogeo, cerrarán de un día para otro. La clausura fue noticia tanto en medios relacionados con restauración, como en la prensa del corazón y revistas económicas locales, el mejor establecimiento del sector no volvía a abrir sin aviso previo. De ella no se supo nada, él fue quien habló por los dos y comunicó mediante una especie de nota de prensa y una declaración en un programa de chismes que necesitaban cambiar de aires y producir proyectos nuevos, que por ahora se tomarían un año sabático para recorrer el mundo después de tantos tiempo trabajando sin parar  y luego se instalarían en otro lugar para emprender con un nuevo local de restauración, quizás Sidney, quizás Tokio. Algunos dijeron que detrás de tanto éxito había deudas grandes producto de la mala administración, otros insinuaron que sus negocios oscuros los llevaron a un túnel sin salida. El caso es que él se veía bastante tranquilo los días posteriores al cierre mientras terminaba de sacar algunos muebles y papeles del local que traspasaban, asunto que resolvió rápidamente ya que muchos vieron la oportunidad de continuar el concepto y repetir la historia.

Lo que nunca se supo es que abajo, en el sótano que hacía las veces de almacén del local, detrás de la estantería situada al fondo en la que se colocaba la vajilla de repuesto en un lado y  la mantelería en el otro, yacía el cuerpo sin vida de ella, tapiado en la pared que había sido disimulada hábilmente con un trabajo rápido de albañilería. El gato, su gato Pluto, el que siempre la acompañaba colgado de sus brazos a supervisar cada tarde el restaurante antes de abrir para que todo estuviese perfecto, era el único que sabía su paradero, por eso vagaba por el local como si no quisiese irse, y la mayor parte del tiempo estaba ahí en el sótano maullando triste cerca de la pared.

Aunque me estoy equivocando al contároslo, no era solo el gato, él también sabía dónde estaba ella.

 

PD: La idea de este relato surgió a partir de un cuento de Poe, El gato negro

Símbolos

Dicen los que creen en signos y los místicos que nuestras vidas están determinadas por ciertos símbolos. Algunos hablan de números, se cree que significan algo más allá de una forma de medir, hay teorías que dicen que los planetas cuentan con una vibración numérica que los afecta. De ahí que algunas personas afirmen que sus vidas están regidas por el número X o el Y.

Igual con los colores, aunque en este caso no hay una ciencia que estudie el fenómeno como sí sucede con la numerología, es totalmente cierto que los tonos afectan nuestro estado de ánimo, hay quienes dicen que su trayectoria vital está condicionada por tal o cual color. No obstante, la chica de esta historia es distinta. Ella siempre afirmó que su vida, o las diferentes etapas que iba viviendo, estaban condicionadas por las frutas.

Era amiga mía, o como dicen por ahí, una conocida con confianza. En varias ocasiones me relató lo mismo: las frutas habían estado siempre presentes a lo largo de su historia. Me contaba que de niña vivía en el campo, en una casa grande con un patio inmenso lleno de árboles, entre ellos varios de mango, que eran sus favoritos. Por eso una de sus diversiones preferidas era trepar junto a sus hermanos aquellos troncos y llegar hasta sus ramas para conseguir unos cuantos ejemplares de la fruta. Le encantaban los mangos verdes, y a escondidas cogían un cuchillo de la cocina y sal para comerse las rebanadas aliñadas ya que su madre no los dejaba porque decía que era malo para la salud. Igual pasaba en casa de la abuela, llegar allí y quitarse los zapatos para correr a toda velocidad al fondo de la casa donde estaba el largo jardín y coger los mangos maduros que habían caído o subir a pescar los más verdes mientras la abuela gritaba “¡no suban tan alto que se pueden caer!” era uno de sus más queridos recuerdos infantiles.

Mango, relato, gastronomia

En la adolescencia la fruta varió. Entró en ella a saco, con el acné, las crisis de identidad, los cambios corporales que hacían que se comparara constantemente con sus amigas y el mundo entero, la búsqueda de un estilo de vestir y el “me avergüenzan mis padres” típico de esa etapa… Excepto cuando su madre le hacía su incomparable tarta de fresas. Ya no vivían en la hacienda de la infancia, se habían mudado a una ciudad con temperaturas menos tropicales que tenía en sus cercanías extensos sembradíos de fresas famosas por su sabor. Aquellos eran fresones, grandes, rojos, dulces, con el punto perfecto de ácido, y eran los que la madre empleaba para poner en el bizcocho casero en la parte del medio y arriba junto con la nata montada. Llegaba a casa y desde la entrada percibía el olor de la tarta recién horneada, entonces corría al interior para encontrarse en la mesa con aquella delicia que podía con cualquier preocupación por la talla y por el vestido del próximo cumple con sus amigas. Era la forma que tenía la madre de volver a encontrarse con su pequeña.

Después, cuando tuvo que mudarse para estudiar en la universidad, me contaba que su mamá siempre procuró visitarla con una gran tarta de fresas entre las manos. Ya había pasado la etapa del conflicto adolescente y sus respectivos bochornos, pero ese dulce significó un fuerte lazo entre ellas.

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Luego llegó la graduación, el trabajo profesional y la adultez. Y con todo ello un nuevo cambio de fruta. Los melocotones los descubrió un día al pasar por un puesto muy chulo en el que todas las frutas estaban perfectamente colocadas, alineadas formando un conjunto que era tan visual y atractivo que no podías dejar de detenerte a mirar. Allí fue que vio unos cuantos ejemplares del fruto, grandes, rojos y tiernos.

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Le parecieron tan bonitos que decidió comprarse dos para probarlos, y después de hacerlo pasaron a ser su merienda diaria, la de las cinco de la tarde. Y mira qué cosas, fue gracias a su nueva costumbre que un día, en ese mismo puesto de frutas, coincidió con un atractivo chico que estaba escogiendo algunos melocotones para llevarse mientras ella hacía lo mismo. Como estaban uno al lado del otro con la tarea -y ella ya era una experta seleccionándolos después de un año comiendo duraznos a diario- aprovechó para entablar conversación. Lo demás era historia. Cuando yo la conocí llevaba cinco años de convivencia con ese mismo chico y proclamaba a los cuatro vientos sentirse absolutamente enamorada.

Por eso me quedé totalmente desconcertado cuando me enteré de la triste noticia: esa amiga mía cuya vida había sido determinada por las frutas había muerto en un accidente. Su coche se había deslizado y volcado hasta caer por el precipicio por culpa de un cargamento de fruta podrida que había esparcida en la carretera…

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PD: Para los que están en Madrid, mañana domingo habrá una actividad por Venezuela en el Parque del Retiro a las 12, en la entrada principal junto a la Puerta de Alcalá, se llama “Manos Unidas por la Paz” y solo tienes que llevar un globo blanco y una pancarta si lo deseas. Más información aquí. #SOSVenezuela

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Por un café

Allí estaba. Ubicada en la esquina con las dos sillas semienfrentadas, más bien un poco cercanas para poder cogernos la mano. Era la mesa redonda de siempre, con el mantel blanco impoluto que caía perfectamente simétrico por los costados; las dos rosas blancas sin tallo, colocadas sobre el pequeño cuenco de cristal con un poco de agua en el exacto centro del círculo. Frente a cada silla, la vajilla y cubertería necesaria para la cena, los platos, blancos también, con los bordes  adornados con elegantes relieves con formas ondulantes, a la manera clásica. No, no quería esos platos modernos con ángulos que tenían ahora en el restaurante. Prefería la vajilla de antes, la que conocía de siempre. Los cubiertos seguían el mismo estilo, dos servicios para cada puesto hechos en plata con bonitas formas en los mangos; los mejores tenedores y cuchillos del local, los que ya no usaban salvo en ocasiones como estas. Unas delicadas copas de cristal para el vino remataban la presentación de la mesa junto con las servilletas de encaje, blancas, por supuesto. El conjunto era una vista agradable, una elegante mesa como le gustaba,  que rompía la secuencia del lugar y hacía de ese punto del salón, un rincón único.

Fue en esa mesa donde me dediqué a conquistarla después de enamorarme perdidamente de ella sesenta años atrás, en esa misma ubicación, en la misma esquina. En ese sitio me dejé llevar por esos ojos castaños verdosos que había visto por primera vez en la barra del restaurante, mientras ella esperaba a una amiga. Aquellos ojos que miraban inquieta a su alrededor y que de repente se encontraron con los míos que la observaban fijamente cautivados por ese aire tan femenino que la envolvía, tan fuerte y delicado a la vez. Yo solo había entrado a tomar un café, pero no dudé un segundo cuando observé unos minutos a esa hermosa mujer,  fui directo hacia ella en vez de pedirle al camarero lo que iba buscando.

Ni siquiera me detuve a pensar. La saludé respetuosamente, que aunque atrevido yo era todo un caballero, como debe ser. Ella me miró con desconfianza. – Perdone, pero tiene los ojos más bonitos que he visto nunca. Su respuesta fue un seco gracias con un deje de coquetería en ese intento de sonrisa en las comisuras de su perfecta boca. – ¿Puedo invitarla a un café? le dije, aunque veía que ya se había bebido uno, -no gracias, ya tomé y estoy esperando a una amiga. – Yo llevo esperándola a usted toda la vida, fue mi respuesta inmediata, refleja, sin pensar. Me miró sorprendida y sonrojada, sin saber si sonreír o mandarme de paseo por mi osadía, – perdone, pero es usted un atrevido, me dijo. Entonces me presenté, no quería que se sintiera ofendida. Le dije quién era mientras le extendía mi brazo para que me diera su mano y le besé el dorso con toda la delicadeza que fui capaz. Le repliqué que no se ofendiera, que sabía que estaba siendo un poco incorrecto, pero que simplemente me había enamorado al verla, que no era un loco ni un conquistador, solo un bebedor de café  que había encontrado lo más bonito del mundo en el sitio menos esperado. A medida que yo hablaba sus mejillas se coloreaban más, ¡se veía tan bonito su sonrojo con aquellos ojos castaños verdosos! No supo qué responder, y le comenté que no era mi intención ser violento, y por eso la dejaba tranquila para tomarme mi café… pero que si su amiga no llegaba sería un honor para mí conversar un rato con ella. No importaba si tenía que tomarme tres expresos y en la noche no conciliara el sueño, esperaría lo necesario para tener esa oportunidad…

Fue así como me fui al otro lado de la barra a tomarme no tres, sino cuatro cafés mientras aguardaba mi gran ocasión; ella me miraba de reojo cada ciertos minutos, nerviosa mientras ojeaba la puerta a la espera de esa persona que gracias al cielo nunca se presentó. Entonces, tras cuatros dosis de cafeína y perderme observando esos ojos castaños verdosos a lo lejos, me acerqué de nuevo. Y esta vez ella aceptó otro café y una conversación, no sin cierto reparo, era una época en la que no estaba bien que una señorita le contara su vida de repente a un hombre que la abordaba de esa manera. Pero la conversación fue fluyendo, la confianza creciendo y se aproximó la noche en la misma barra en la que nos habíamos visto tres horas antes. Le sugerí que por qué no cenábamos aunque fuese un poco temprano, ella me dijo que se tenía que ir, y yo le dije que estaba buscando una excusa para prolongar ese encuentro porque no quería separarme de ella. En ese instante ella sonrió abiertamente y aceptó mi propuesta, pero me dijo que buscáramos un rincón del salón, una mesa que no estuviese tan a la vista de toda la gente para evitar comentarios…

Todos estos recuerdos me vienen ahora a la cabeza, y eso que a mi edad la memoria falla. Estoy ahora de pie, colocado en la entrada del restaurante pensando que hay ciertas cosas, ciertos momentos que marcan la vida y jamás se olvidan. Ella llegó de pronto, de repente, como un trueno, me encandiló.

A partir de ese día no nos separamos, y cada año por estas fechas veníamos a cenar a este lugar cuidando y solicitando por favor al maître que todo estuviera igual. Así fue pasando el tiempo y con los años, el local fue cambiando de dueño, lo hizo hasta en cuatro ocasiones, pero cada propietario que se iba cuidó de contarle al nuevo la historia de unos clientes que cada año renovaban sus votos de amor allí, ¡qué agradecidos estamos con cada uno! Por eso la decoración fue variando, y con ella la vajilla, la cubertería, las copas, los manteles; menos esa mesa durante unas horas una noche al año.

Hoy cumplimos nuestro sesenta aniversario de encuentro en este restaurante, por eso mi mujer y yo hemos querido que fuese una ocasión muy especial y hemos acordado que repetiremos toda la historia de aquella tarde, desde la primera vista en la barra, la conversación, la cena, ¡incluso el menú! aunque los platos en mucha menos cantidad porque hay cosas que ya nos sientan mal. El personal nos mira a cada uno ya colocados en nuestras posiciones con complicidad y ternura (nos ven como una bonita historia de abuelos, ellos no saben que seguimos siendo el hombre y la mujer), aunque a nosotros solo nos importa que todo salgo perfecto.

 – Perdone, pero tiene los ojos más bonitos que he visto nunca…

PD: Con este relato gastronómico retomo mi actividad bloguera en 2014, ¡que tengáis un feliz año!

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Sueños

Cada noche se convirtió en casa en motivo de burlas a la hora de irnos a la cama. Mi marido y mi hija se mofaban de mí, él me decía, – a ver cuál es el menú de esta noche, y la niña lo seguía, – sí mami, que hoy te toque helado de chocolate con gominolas y “coque” (no sabía pronunciar cupcake). Cada velada era una chanza nueva según se les iba ocurriendo, que si me tomara un digestivo antes de dormir para que no me diera indigestión, que por qué no la invitaba a ella a la comida para probar una de las tartas especiales que había mencionado el otro día, que cuidado y los dejaba sin desayuno por mi saciedad al levantarme, que copiara alguna de las recetas… Así sucesivamente, durante las noches ellos se reían de mi cara de tensión antes de dormir y cada mañana se mofaban de mis ojeras y de mi rostro de malestar, y en esto llevábamos un mes. Cada luna soñaba que comía, daba igual las situaciones, unas noches estaba en una fiesta, otras en una reunión familiar, en una cena romántica o cualquier otro escenario, en mis sueños siempre comía, comía y comía, y llegada a un punto me sentía muy llena, pero seguía comiendo, y mi barriga se iba dilatando y sentía que no podía más pero continuaba introduciendo alimentos en mi boca, y después mis ojos comenzaban a abrirse como platos y mis mejillas se inflaban como globos. Pero yo seguía y seguía, y ya cuando estaba a punto de explotar me despertaba de un golpe totalmente sudorosa y angustiada, con una sensación de llenura estomacal como si realmente hubiese ingerido todo aquello. Así, cada noche, así durante todo el último mes sin entender qué significaba aquel sueño.

El día que mis padres vinieron a buscar a la niña para dormir con ellos fue cuando comprendí todo. Cuando el me metía con esa cuchara grande la comida en la boca, daba igual si era el ragout de ternera del almuerzo, las croquetas de mejillones del día anterior, la mousse de chocolate de la niña o los langostinos de la cena. Carnes, verduras cocidas, judías estofadas, tarta de queso, café, refrescos, todo mezclado; su mano derecha me atenazaba la parte alta del cuello junto a la mandíbula impidiéndome rechazar la comida, mis manos estaban fuertemente sujetas a la espalda de la silla donde me tenía atada. Con la izquierda sujetaba esa cuchara que hacía de embudo para introducir todo lo que habíamos ido guardando en la nevera esa semana con su pretexto de comérnoslo o regalarlo después. Sus dedos solo me dejaban espacio para tragar con dificultad lo que tenía en la boca, y cuando sentía que ya no podía o escupía la comida, soltaba la cuchara y me tapaba la nariz para que no me quedara más remedio que tragar. Los ojos de su rostro me miraban como desorbitados y con una sonrisa me iba diciendo tengo ganas de matarte así.

Mis sueños eran simplemente una premonición…

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